Cómo superé la pena por el fallecimiento de mi madre

27 Mar 2025

Por Zihan, China

En junio de 2019, fui a otra región a cumplir mis deberes. No regresé a casa en más de un año, por lo que mi esposo no creyente nos denunció a mi madre y a mí. Para evitar que me capturara la policía, no me atreví a regresar a casa ni a visitar a mi madre. A menudo pensaba en ella: “Mi madre se está haciendo mayor, mi padre falleció joven y ella no tiene familiares que la cuiden. Ahora que mi esposo la ha denunciado, no se atreve a relacionarse con los hermanos y hermanas. No sé cuál es su estado ni cómo se encuentra ahora mismo”. Mi madre se había esforzado mucho para criarme y, ahora que estaba mayor y necesitaba que alguien la cuidara, no solo no podía estar a su lado para cumplir con mi deber filial, sino que la había implicado y había hecho que viviera con miedo. Cada vez que lo pensaba, me sentía muy angustiada y en deuda con mi madre y anhelaba el día en que pudiera regresar a visitarla y cumplir con mis responsabilidades como hija. Pero tenía miedo de que la policía me capturara si regresaba a casa y había estado ocupada cumpliendo mis deberes, así que no había podido ir a verla.

En julio de 2023, durante una reunión, supe por una hermana que mi madre había desarrollado demencia y que ya no podía cuidar de sí misma, por lo que ahora vivía en una residencia de ancianos. Casi no lo podía creer. ¿Cómo pudo haber desarrollado demencia mi madre? No podía cuidar de sí misma y no tenía familiares cerca que la cuidaran. ¡No me podía imaginar todo lo que debía de estar sufriendo! Contuve mis emociones durante la reunión. Más tarde, cuando me tranquilicé por la noche, me pregunté: “¿Cómo ha podido desarrollar demencia mi madre? Si padeciera otra enfermedad, al menos tendría la cabeza despejada y podría reflexionar, entenderse a sí misma, aprender lecciones y tal vez se recuperaría. Sin embargo, ahora que su mente no funciona con normalidad, ¿cómo puede haber esperanzas de que se salve?”. También pensaba que la demencia de mi madre podía deberse a que mi esposo nos había denunciado a las dos. Eso le impidió asistir a reuniones y cumplir sus deberes; además, debía estar preocupada por mí. Pudo haberle afectado la mente. Si hubiera podido cumplir mis deberes en mi ciudad natal, podría haber cuidado de ella y también haber compartido las palabras de Dios con ella, la podría haber apoyado y tal vez no hubiera enfermado. En el momento en que mi madre más necesitaba de mis cuidados, no podía estar a su lado. ¿Qué sentido tenía que hubiera criado a una hija como yo? Me sentí profundamente en deuda con mi madre. No tenía motivación para cumplir mis deberes e incluso me arrepentí de haber ido a otra región a hacerlos.

Cuando la supervisora se enteró del estado en el que estaba, me leyó un pasaje de las palabras de Dios: “No hace falta que analices o investigues más de lo necesario el asunto de que tus padres se pongan gravemente enfermos o sufran un serio infortunio, y desde luego no deberías dedicarle tus energías, pues no serviría de nada. Que la gente nazca, se haga mayor, enferme, muera y se encuentre con diversos asuntos grandes y pequeños en la vida es de lo más normal. Si eres adulto, tu manera de pensar ha de ser madura, y deberías abordar este tema con calma y corrección. ‘Mis padres están enfermos. Algunos dicen que es porque me echaban mucho de menos, ¿es eso posible? Desde luego que me han echado de menos, ¿cómo iba una persona a no echar de menos a su propio hijo? Yo también a ellos, ¿por qué no me he puesto enfermo entonces?’. ¿Enferma la gente por echar de menos a sus hijos? No. Entonces, ¿qué sucede cuando tus padres se encuentran con estas cuestiones tan significativas? Lo único que se puede decir es que Dios ha instrumentado esto en sus vidas. Ha sido la mano de Dios; no te puedes centrar en razones ni causas objetivas, tus padres se iban a encontrar con esta situación cuando llegaran a esta edad, la enfermedad iba a afectarles, así estaba previsto. ¿Lo habrían evitado si hubieras estado allí? Si Dios no hubiera dispuesto que enfermar fuera parte de su porvenir, entonces nada les habría ocurrido, aunque no hubieras estado con ellos. Si su sino era verse en esta clase de gran infortunio en sus vidas, ¿qué efecto habría tenido tu presencia junto a ellos? No hubieran podido evitarlo de todos modos, ¿verdad? (Cierto). Piensa en aquellos que no creen en Dios, ¿acaso no están esas familias siempre juntas, año tras año? Cuando los padres se topan con un gran infortunio, los miembros de su extensa familia y sus hijos están todos junto a ellos, ¿verdad? Cuando enferman o empeoran de sus dolencias, ¿se debe a que sus hijos los han abandonado? No, es algo que está destinado a ocurrir. Lo que sucede es que, al ser tú su hijo y tener este lazo sanguíneo con tus padres, te afecta enterarte de que están enfermos, mientras que a los demás no les afecta en absoluto. Todo esto es muy normal. Sin embargo, que tus padres se hayan topado con una gran desgracia de este tipo no significa que te haga falta analizar e investigar cómo deshacerte de ella o resolverla, ni que lo consideres. Tus padres son adultos, se han encontrado con esto unas cuantas veces en la sociedad. Si Dios dispone un entorno para que se deshagan de este asunto, tarde o temprano, desaparecerá por completo. Si supone un obstáculo para ellos en la vida y deben experimentarlo, entonces Dios decide cuánto tiempo deberán hacerlo. Es algo que deben experimentar y no pueden evitar. Si deseas resolver este asunto sin que nadie te ayude, si pretendes analizarlo e investigar su origen, sus causas y consecuencias, pensar de esa manera es una necedad. No sirve de nada y es superfluo(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). Al leer las palabras de Dios, entendí que el nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte de las personas son leyes que decreta Dios. Dios predetermina las dificultades y los sufrimientos que una persona debe experimentar en la vida, y yo no debería analizarlos o estudiarlos desde una perspectiva humana. Lo que debía hacer era aceptarlos de parte de Dios y aprender a someterme a Sus orquestaciones y arreglos. Mi madre padecía demencia y ese era el sufrimiento que ella debía soportar. Estaba relacionado con su propio sino y no había sido porque se preocupara por mí ni porque yo no estuviera presente para cuidarla. Sin embargo, yo pensaba erróneamente que, si hubiera estado allí para cuidarla y ayudarla en su entrada en la vida, ella no habría desarrollado esa enfermedad. Eso era un pensamiento distorsionado que malinterpretaba la soberanía y los arreglos de Dios. Pensé en los padres que hay en el mundo, algunos de ellos tienen hijos a su lado que los acompañan y los cuidan. Aun así, terminan sufriendo las enfermedades que les corresponde padecer y mueren a la hora señalada. Que sus hijos estén a su lado para cuidar de ellos no los exime de padecer grandes sufrimientos. Dios había determinado la enfermedad de mi madre y su gravedad. Si hubiera regresado a casa, solo podría haberla cuidado un poco, pero no podría haber paliado su sufrimiento. Tenía que someterme y encomendar la enfermedad de mi madre a Dios y permitir que Él orquestara y dispusiera todo, y poner el corazón en mis deberes.

En enero de 2024, me enteré de improviso de que, un mes antes, mi madre había fallecido debido a su enfermedad. La noticia me dejó de piedra. Nunca hubiera imaginado que mi madre fuera a fallecer tan rápido. Durante esos últimos años, albergaba la esperanza de tener la oportunidad de regresar y ver a mi madre, pero antes de que pudiera cumplir con mi deber filial, ella dejó este mundo para siempre. Ya no tenía la oportunidad de demostrarle que era buena hija. Me sentí muy angustiada e intenté contener las lágrimas. Clamé a Dios sin cesar para pedirle que me impidiera quejarme de Él o malinterpretarlo. Me pasé toda una tarde sentada y aturdida frente a la computadora, sin ánimo para cumplir mis deberes. Pensé en que no había cuidado de mi madre durante su enfermedad, en que ni siquiera había podido ir a verla una última vez antes de que muriera y me sentí tremendamente culpable y en deuda con ella. Sabía que mis familiares y conocidos me criticarían por no tener conciencia y me tacharían de hija ingrata y sin devoción filial. Los días siguientes, aunque realizaba mis deberes, me sentía completamente apática. Tenía la cabeza llena de imágenes de mi madre sufriendo por su enfermedad y pensaba en cuánto debió haber anhelado que yo volviera a casa para verla una última vez antes de fallecer. Cuanto más lo pensaba, más en deuda me sentía con ella y no podía contener las lágrimas. Pasé esos días completamente aturdida. Más tarde, me di cuenta de que era peligroso seguir así, por lo que oré a Dios y le pedí que me guiara para liberarme de las ataduras de mi afecto y dejar de estar perturbada. Encontré un pasaje de las palabras de Dios que me fue de gran ayuda. Dios dice: “La enfermedad de tus padres ya te ocasionaría un trauma, así que su muerte supondría otro aún mayor. Entonces, antes de que eso suceda, ¿cómo deberías solucionar el golpe inesperado que te provocará, de modo que no interfiera en el cumplimiento de tu deber o en la senda que caminas ni incida sobre esto o lo afecte? Primero, vamos a fijarnos exactamente en qué es la muerte y en qué consiste morir. ¿Acaso no significa que una persona deja este mundo? (Sí). Quiere decir que la vida que posee una persona, que tiene una presencia física, se desvincula del mundo material que pueden ver los humanos y desaparece. Esta persona se va entonces a vivir a otro mundo, con otra forma. El hecho de que esta vida desaparezca significa que la relación que tienes con ellos en este mundo se ha disuelto, se ha disipado y ha terminado. Viven en otro, con otras formas. En cuanto a cómo les irá la vida en ese otro mundo, si van a regresar a este, te los vas a encontrar de nuevo o si van a tener alguna clase de relación carnal o vínculos afectivos contigo, eso lo ordena Dios y no tiene nada que ver contigo. En resumen, el hecho de que mueran significa que sus misiones en este mundo han terminado y han alcanzado un punto final. Sus misiones en esta vida y en este mundo han terminado, así que tu relación con ellos también. […] La última noticia que oirás en este mundo sobre tus padres será la de su muerte, y será la última etapa que verás o de la que oirás hablar relacionada con sus experiencias de nacer, envejecer, enfermar y morir en su vida; eso es todo. Sus muertes no te quitarán ni te darán nada, simplemente habrán muerto, su viaje como personas habrá llegado a su final. Por tanto, en lo que respecta a su muerte, no importa que sea accidental, natural, por enfermedad, etcétera, ya que en cualquier caso, si no fuera por la soberanía y los arreglos de Dios, ninguna persona o fuerza podría quitarles la vida. Su muerte solo implica el fin de su vida física. Si los echas de menos y los añoras, o te sientes culpable por tus sentimientos, no deberías sentir nada de eso ni es necesario que tengas esos sentimientos. Han partido de este mundo, así que echarlos de menos resulta redundante, ¿verdad? Puede que pienses: ‘¿Me echaron de menos mis padres todos esos años? ¿Cuánto más sufrieron porque yo no estaba a su lado mostrándoles piedad filial durante tanto tiempo? A lo largo de ese periodo, siempre deseé poder pasar unos días con ellos, nunca esperé que murieran tan pronto. Me siento triste y culpable’. No es necesario que pienses así, su muerte no tiene nada que ver contigo. ¿Por qué? Aunque les mostraras piedad filial o los acompañaras, esta no es la obligación ni la tarea que Dios te ha encomendado, Él ha ordenado cuánta buena fortuna y cuánto sufrimiento les causarás a tus padres; esto no tiene nada que ver contigo en absoluto, y no van a tener una vida más larga porque estés con ellos, así como no van a tener una vida más corta porque estés lejos de ellos y no puedas estar a menudo a su lado. Dios ha ordenado cuánto vivirán, y no tiene nada que ver contigo. Por tanto, si a lo largo de tu vida te enteras de que tus padres han fallecido, no te tienes que sentir culpable. Deberías abordar este asunto de la manera adecuada y aceptarlo(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). Las palabras de Dios son muy claras: Dios decreta tanto el nacimiento como la vejez, la enfermedad y la muerte de las personas. Independientemente de la edad de una persona o de cómo vaya a morir, tanto si se trata de una muerte normal como un accidente, Dios lo predetermina todo y nadie puede cambiarlo. La forma en que mi madre había fallecido también formaba parte de la soberanía y los arreglos de Dios, que Él había predeterminado incluso antes de que ella naciera. Ahora que había llegado su momento, era natural que tuviera que partir. Incluso si yo estuviera a su lado cuidándola, no habría podido mantenerla con vida. Recordé que, cuando mi padre enfermó, lo llevé al hospital para que recibiera tratamiento y me quedé a su lado cuidándolo atentamente durante varios meses, pero no pude paliar su sufrimiento y, al final, falleció de todas maneras debido a su enfermedad. Dios predetermina tanto el nacimiento como la vejez, la enfermedad y la muerte de las personas. No pude paliar el sufrimiento de mis padres ni prolongar sus vidas, así que tenía que mantener una actitud racional y someterme a la soberanía y los arreglos de Dios. También pensé en que mi madre tenía varias dolencias antes de encontrar a Dios. Todos los médicos decían que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero, desde que encontró a Dios, mejoró de sus males. Que mi madre viviera hasta los setenta años fue por la gracia y bendición de Dios. Al darme cuenta de esto, me sentí aliviada y ya no sentí tanto remordimiento ni culpabilidad por la muerte de mi madre.

Luego, leí un pasaje de las palabras de Dios: “En el mundo de los no creyentes existe este dicho: ‘Los cuervos retribuyen a sus madres dándoles alimento, y los corderos se arrodillan para recibir la leche de sus madres’. También este otro: ‘Una persona no filial es peor que un animal’. ¡Qué grandilocuentes suenan estos dichos! En realidad, el fenómeno que se menciona en el primero se da en la realidad, es un hecho, los cuervos retribuyen a sus madres dándoles alimento y los corderos se arrodillan para recibir la leche de sus madres. Sin embargo, son simplemente fenómenos dentro del mundo animal. Forman parte de una especie de ley que Dios ha establecido para las diversas criaturas vivientes, y a la que se atienen todo tipo de seres vivos, incluidos los humanos. El hecho de que toda clase de criaturas vivientes acaten esta ley demuestra aún más que Dios las creó. Ninguna puede infringir la ley ni tampoco trascenderla. Incluso carnívoros relativamente feroces como los leones y los tigres alimentan a sus crías y no las muerden antes de que alcancen la edad adulta. Es el instinto animal. Da igual la especie a la que pertenezcan, ya sean feroces o amables y mansos, todos los animales poseen este instinto. La única manera que tienen todas estas criaturas de multiplicarse y sobrevivir es acatar este instinto y esta ley, y eso incluye a los seres humanos. Si no acataran o no tuvieran esta ley y este instinto, se extinguirían. No existiría la cadena biológica ni tampoco este mundo. ¿No es así? (Sí). El hecho de que los cuervos retribuyan a sus madres dándoles alimento, y los corderos se arrodillen para recibir la leche de ellas, evidencia justamente que el mundo animal acata esta clase de ley. Este instinto lo poseen todo tipo de criaturas vivientes. Una vez que nace su descendencia, las hembras o los machos de la especie la cuidan y alimentan hasta que se hace adulta. Todas estas criaturas son capaces de cumplir con sus responsabilidades y obligaciones hacia sus retoños, y crían de forma concienzuda y dedicada a la nueva generación. Esto debería ser más patente si cabe en los seres humanos. La humanidad los considera animales superiores, pero, si no pueden acatar esta ley y carecen de tal instinto, entonces son inferiores a los animales, ¿verdad? Por tanto, más allá de cuánto te alimentaron tus padres durante tu crianza y cuánto cumplieron con sus responsabilidades hacia ti, solo estaban haciendo lo que les correspondía en el ámbito de las capacidades de un ser humano creado: era por instinto. […] Criaturas vivientes y animales de toda índole poseen estos instintos y leyes, se atienen a ellos muy bien y los desempeñan a la perfección. Ninguna persona puede destruir tal cosa. También existen algunos animales especiales, como los tigres y los leones. Al alcanzar la edad adulta, estos felinos abandonan a sus padres y algunos machos se convierten incluso en rivales que llegan a morderse, enfrentarse y luchar si es necesario. Esto es normal, es una ley. No los gobiernan sus sentimientos ni viven enfrascados en sus sentimientos como las personas, que dicen: ‘Tengo que retribuir su amabilidad, debo recompensarlos; he de obedecer a mis padres. Los demás me condenarán si no les muestro piedad filial, me reprenderán y me criticarán por la espalda. ¡No podría soportarlo!’. En el mundo animal no se tienen esas consideraciones. ¿Por qué dicen tales cosas las personas? Porque en la sociedad y entre los grupos de gente existen diversas ideas y consensos incorrectos. Una vez que la gente se ha visto influida, corroída y podrida por estas cosas, surgen en ella diferentes maneras de interpretar y lidiar con esta relación paternofilial, y acaba por tratar a sus padres como unos acreedores a los que nunca podrá retribuir su vida entera. Cuando sus padres mueren, algunos hijos incluso se sienten culpables durante toda su vida y se creen indignos de la gentileza con la que sus padres los trataron, a causa de algo que hicieron y les causó infelicidad a estos o no resultó de la manera que ellos hubieran querido. Decidme, ¿no es esto excesivo? Viven enfrascados en sus sentimientos, de tal modo que no queda otro remedio que los invadan y perturben diversas ideas que proceden de estos(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). Al leer las palabras de Dios, entendí que la razón por la que estaba sufriendo tanto era que me habían inculcado venenos culturales tradicionales, como “Una persona no filial es peor que un animal” y “Cría a tus hijos para que te cuiden en la vejez”. Creía que mis padres se habían esforzado mucho para criarme, me habían provisto de comida, ropa y educación. Creía que, dado que no había tenido ocasión de retribuir a mi padre, antes de que falleciera, por la bondad de criarme, si no le retribuía a mi madre su amabilidad, sería realmente una completa desgracia y peor que una bestia. Consideraba esos valores tradicionales como cosas positivas y principios de comportamiento, sin darme cuenta de que mi vida provenía de Dios. Mi madre tan solo me dio a luz y me crio y todo lo que mis padres hicieron por mí fue simplemente cumplir con sus responsabilidades y obligaciones, lo que no se puede considerar un gesto de cariño. Al reflexionar, me di cuenta de que, si no fuera por el cuidado y la protección de Dios cuando estaba creciendo, ahora no estaría con vida. Cuando era niña, fui a pasear en bote con una amiga y el bote volcó. Ambas caímos al río y casi nos ahogamos, pero, afortunadamente, dos adultos que estaban pescando en la orilla del río nos rescataron. En ese momento, solo creí que había tenido suerte, pero, más tarde, al leer las palabras de Dios y descubrir que Él vela por la humanidad día y noche, me di cuenta de que eso había sucedido gracias al cuidado y la protección de Dios. Además, que mis padres me cuidaran y criaran también lo había decretado Dios. Pero no le agradecí que me cuidara y protegiera ni cumplí de manera adecuada con mis deberes. En cambio, siempre me sentí en deuda con mi madre por no poder cuidarla, lo que incluso afectó mis deberes. Sobre todo, después de enterarme del fallecimiento de mi madre, me sentí aún más culpable y atormentada por no haber podido cuidarla en su vejez ni despedirme de ella adecuadamente. Incluso me arrepentí de haberme ido de casa para cumplir mis deberes. ¿Acaso no carecía completamente de conciencia? Las ideas de la cultura tradicional me habían influenciado y perjudicado, y era realmente incapaz de distinguir entre el bien y el mal.

Más tarde, leí dos pasajes de las palabras de Dios que me enseñaron cómo tratar a mis padres. Dios Todopoderoso dice: “Al tratar con tus padres, el hecho de si cumples tus obligaciones como hijo de cuidar de ellos debe basarse por completo en tus condiciones personales y las instrumentaciones de Dios. ¿Acaso no es esta una manera de explicar perfectamente la cuestión? Cuando algunos dejan el hogar familiar, sienten que deben mucho a sus padres y que no hacen nada por ellos. Sin embargo, cuando conviven con ellos, no son buenos hijos en absoluto ni cumplen ninguna de sus obligaciones. ¿Es este verdaderamente un buen hijo? Esto solo son palabras vacías. Independientemente de lo que hagas, pienses o planees, esas cosas no son importantes. Lo fundamental es si puedes entender y creer verdaderamente que todos los seres creados están en manos de Dios. Algunos padres tienen la bendición y el sino de poder disfrutar de la alegría doméstica y de la felicidad de una familia numerosa y próspera. Esto es la soberanía de Dios y una bendición que Él les concede. Otros padres no tienen este sino: Dios no lo ha dispuesto para ellos. No tienen la bendición de disfrutar de una familia feliz ni de que sus hijos estén a su lado. Esto es la instrumentación de Dios y la gente no puede forzarla. Pase lo que pase, al final, en lo que respecta a la devoción filial, las personas deben al menos tener una mentalidad de sumisión. Si el entorno lo permite y cuentas con los medios para hacerlo, puedes mostrar devoción filial hacia tus padres. Si no, no intentes forzarla: ¿cómo se llama esto? (Sumisión). A esto se le llama sumisión. ¿De dónde proviene esta sumisión? ¿Cuál es el fundamento de la sumisión? Se basa en todas estas cosas que Dios dispone y sobre las que gobierna. Aunque es posible que la gente desee elegir, no puede, no tiene el derecho de hacerlo y debe someterse. Cuando sientes que las personas deben someterse y que Dios lo ha instrumentado todo, ¿no sientes más tranquilidad en el corazón? (Sí). Entonces, ¿seguirá tu conciencia sintiéndose reprendida? No seguirá sintiéndose constantemente reprendida, y la idea de no haber sido un buen hijo para tus padres dejará de dominarte. En ocasiones, es posible que todavía pienses en ello, ya que son pensamientos o instintos normales en la humanidad y nadie puede evitarlos(La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. ¿Cuál es la realidad-verdad?). “Como hijo, deberías entender que tus padres no son tus acreedores. Hay muchas cosas que has de hacer en esta vida, y todas ellas le corresponden a un ser creado, el Creador te las ha encomendado y no tienen nada que ver con retribuirles a tus padres su gentileza. Mostrarles piedad filial, retribuirles y devolverles su gentileza son cosas que no tienen nada que ver con tu misión en la vida. También se puede decir que no es necesario mostrarles piedad filial a tus padres, retribuirles o cumplir con ninguna de tus responsabilidades hacia ellos. En palabras sencillas, puedes dedicarte un poco a eso y al mismo tiempo desempeñar alguna de tus responsabilidades si las circunstancias lo permiten. Cuando no sea así, no hace falta que te empeñes en ello. Si no puedes desempeñar tu responsabilidad de mostrarle piedad filial a tus padres, tampoco es un gran error, solo contradice levemente tu conciencia, la moral y las nociones humanas. Pero al menos no va en contra de la verdad y Dios no te condenará por ello. Cuando entiendas la verdad, tu conciencia no recibirá ningún reproche por este motivo(La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (17)). Las palabras de Dios explican con claridad cómo debemos tratar a nuestros padres. Eso depende, principalmente, de nuestras condiciones y capacidades. Si la situación lo permite y nuestras capacidades lo posibilitan, podemos cumplir con nuestras responsabilidades y tener devoción filial a nuestros padres. Sin embargo, si las circunstancias no lo permiten, no hay necesidad de insistir en ello y debemos someternos a las orquestaciones y los arreglos de Dios. Que no pudiera cuidar de mi madre en el tiempo transcurrido entre su enfermedad y su fallecimiento no significaba que yo fuera insensible o desagradecida. Quería tener devoción filial a mi madre, pero no podía regresar a casa debido a que el PCCh me perseguía y cazaba por creer en Dios en un país ateo. Eso no reflejaba que yo careciera de conciencia. Además, tengo mi propia misión en mi fe en Dios, que es cumplir los deberes de un ser creado. Si era incapaz de cumplir mis deberes porque me centraba únicamente en tenerle devoción filial a mi madre, eso significaría que realmente carecía de conciencia. Al reconocerlo, ya no me sentí culpable y pude sosegar mi corazón para hacer mis deberes. Fueron las palabras de Dios las que cambiaron mis opiniones falaces y me permitieron abordar de manera adecuada el fallecimiento de mi madre y encontrar una sensación de liberación en mi corazón.

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