Aprender de las adversidades
Por Li Yang, China Me arrestaron justo después del Año Nuevo Chino en 2020 debido a mi fe. En el examen médico de rutina, cuando me...
¡Damos la bienvenida a todos los buscadores que anhelan la aparición de Dios!
Tengo hipertensión arterial, que es hereditaria en mi familia. En 2013, también empecé a tener fuertes dolores de cabeza que ocurrían cada uno o dos días. Cuando empezaban los síntomas del dolor, no podía hacer nada. Sentía una debilidad generalizada, ni siquiera podía ponerme de pie y los dolores de cabeza venían acompañados de dolor de muelas y náuseas. Incluso después de acudir a hospitales de renombre, nadie pudo diagnosticar la causa. A veces, el dolor era tan intenso que me daban ganas de darme la cabeza contra la pared y quería morirme, pero, al ver a mi esposa y a mi hijo recién nacido, no me rendía. Más tarde, mi madre compartió conmigo el evangelio de Dios Todopoderoso de los últimos días. Puse mi esperanza en Dios, ya que pensaba que, como Dios es todopoderoso, si yo creía en Él con todo mi corazón, tal vez me bendeciría y me curaría de mi enfermedad. Después de empezar a creer en Dios, mi condición mejoró un poco. Un día, leí estas palabras de Dios: “A aquellos que sinceramente se entregan por Mí, Yo te bendeciré con toda certeza en gran manera” (La Palabra, Vol. I. La aparición y obra de Dios. Declaraciones de Cristo en el principio, Capítulo 55). Me sentía exultante y me convencí aún más de que, mientras me esforzara por entregarme para Dios, Él me bendeciría en el futuro. Más tarde, dejé mi trabajo bien remunerado para dedicarme a tiempo completo a mi deber y, por mucho que tuviera que soportar sufrimientos o dificultades, estaba dispuesto a hacerlo y me sentía feliz. Durante esos años, mis dolores de cabeza se aliviaron mucho y su frecuencia disminuyó. Unos años después, mientras cumplía mi deber lejos de casa, conocí a una hermana que era doctora. Ella me dijo que mis dolores de cabeza se debían a la neuralgia del trigémino y me recetó un medicamento que costaba poco más de diez yuanes. Para mi sorpresa, después de tomar el medicamento durante dos meses, mi neuralgia del trigémino desapareció milagrosamente. La enfermedad crónica que había padecido durante años ya no estaba y me sentí lleno de alegría. Sabía que, en apariencia, parecía que el medicamento me había curado pero, en la realidad, fue la gracia que Dios me había otorgado. Parecía que entregarse a Dios realmente traía recompensas, así que me dediqué todavía más a cumplir mi deber.
En julio de 2023, empecé a sentirme atontado todo el tiempo y, a veces, también tenía dolores de cabeza y mareos. Al principio, no le di mucha importancia y pensé que, como tenía hipertensión, era normal tener mareos ocasionales. Pero, después de más de un mes sin mejoría, los síntomas empeoraron hasta el punto de que solo podía cumplir mi deber por la mañana. Por la tarde y noche, la cabeza me empezaba a dar vueltas y a doler, y se me entumecía la mano izquierda. Cuando los mareos eran más graves, me recostaba un rato para descansar. Un día, después de salir del baño, me sentí tan mareado que me apoyé de inmediato contra la pared y cerré los ojos, pero me desmayé de manera inesperada después de un momento. Cuando recobré el sentido, sentí un dolor intenso en la parte trasera de la cabeza y me di cuenta de que estaba tendido en el suelo de cemento. Después de que mi hermano me ayudara a levantarme, me di cuenta de que había roto el marco de la puerta al caer y que tenía un enorme chichón en la parte de atrás de la cabeza. Pensé: “Es una suerte que haya dado primero contra el marco de la puerta. Si hubiera caído al suelo directamente con la parte de atrás de la cabeza, las consecuencias habrían sido inimaginables”. Entonces, fui al hospital para que me hicieran una revisión médica en la que me diagnosticaron un infarto cerebral. Me quedé atónito y le pregunté al doctor: “¿Cómo puedo haber tenido un infarto cerebral siendo tan joven? ¿No es esa una afección que tienen las personas mayores? ¿Podría haber un error?”. El doctor confirmó reiteradas veces que era un infarto cerebral y me envió a que me internaran. Dijo que, si alguien tan joven tenía bloqueados los vasos sanguíneos pequeños, eso podía derivar en una obstrucción de los vasos principales si no se trataban a tiempo, lo cual sería problemático. Las palabras del doctor me apesadumbraron el corazón. Había visto a muchas personas mayores que habían tenido un infarto cerebral. Algunas tenían una grave parálisis en un lado del cuerpo, dificultades para hablar, la boca y la mirada torcidas, y sus facultades mentales deterioradas. Tenía miedo de terminar como ellas y pensé: “Si acabo así, ¿cómo podré comer y beber las palabras de Dios y cumplir mi deber? Sin cumplir con mi deber, ¿cómo puedo alcanzar la salvación?”. Esos pensamientos me hicieron sentir ansioso y agraviado, y comencé a quejarme: “Durante todos estos años, he dejado atrás a mi familia y a mi carrera. A pesar de que mis parientes y amigos se burlaron de mí y me calumniaron, nunca abandoné mi fe en Dios. He pasado por muchos momentos difíciles para cumplir mi deber, entonces, ¿por qué Dios no me protegió? ¿Por qué permitió que contrajera esta enfermedad? Si no estuviera enfermo, ¿no podría cumplir aún mejor mi deber?”. Especialmente durante mi estancia en el hospital, era el más joven entre casi un centenar de pacientes y, cuando los pacientes a mi alrededor se enteraron de mi afección, se sorprendieron y dijeron: “Es comprensible que las personas mayores tengan esa enfermedad, pero ¿cómo alguien tan joven como tú puede haber tenido un infarto cerebral?”. Oír eso me hizo sentir aún peor. Al ver a varios pacientes en la UCI, que habían tenido infartos cerebrales repentinos, con tubos de oxígeno conectados y que todo el tiempo perdían la conciencia y la volvían a recuperar, me preocupaba que yo pudiera terminar como ellos si volvía a desmayarme. Pensé: “¿Cómo pude tener tan mala suerte para acabar con una afección como esta?”. Me sentía ansioso e intranquilo. Después de un período de tratamiento, consiguieron poner bajo control mi afección. Al regresar a casa, me centré en cuidar mi salud, tenía miedo de hacer demasiados esfuerzos y ya no pensaba en mi deber.
Una noche, mientras estaba acostado en la cama, reflexioné sobre cómo no había prestado mucha atención a mis deberes en los últimos días porque estaba centrado en cuidar mi salud, y me sentí un poco culpable. Al día siguiente, oré ante Dios: “Dios Todopoderoso, desde que me enteré de que tuve un infarto cerebral, he estado preocupado constantemente por que pueda volver a ocurrir y me haga desmayar nuevamente. Tengo miedo de que, si tengo una mala caída y mi vida corre peligro, no podré alcanzar la salvación. Como consecuencia, no he tenido un estado correcto para cumplir mi deber y me he preocupado más por cuidar mi salud. Dios, te pido que me des fe y me guíes a fin de poder buscar la verdad para resolver mi estado”. Después de orar, recordé las palabras de Dios que una hermana me había enviado antes de que me internaran: “Dios ha predeterminado la duración de la vida de cada persona. Una enfermedad puede ser terminal desde el punto de vista médico, pero desde la perspectiva de Dios, si tu vida debe continuar y aún no ha llegado tu hora, no podrías morir aún si lo quisieras. Si Dios te ha encargado una comisión, y tu misión no ha terminado, no morirás ni siquiera de una enfermedad que supuestamente es fatal: Dios no te llevará todavía. Aunque no ores ni busques la verdad, o no te ocupes de tratar tu enfermedad o incluso si aplazas el tratamiento, no vas a morir. Esto es especialmente cierto para aquellos que han recibido una comisión de Dios. Cuando la misión de tales personas aún no se ha completado, sin importar la enfermedad que les sobrevenga, no han de morir de inmediato, sino que han de vivir hasta el momento final del cumplimiento de la misión. ¿Tienes esta fe? Si no la tienes, solo ofrecerás algunas oraciones superficiales a Dios diciendo: ‘¡Dios! Tengo que terminar la comisión que me has encomendado. Quiero pasar mis últimos días con total lealtad a Ti, para no quedarme con remordimientos. ¡Debes protegerme!’. Aunque ores de esta forma, si no tomas la iniciativa de buscar la verdad, no tendrás la voluntad ni la fuerza de ejercer la lealtad. Como no estás dispuesto a pagar el precio real, a menudo usas esta clase de excusa y este método para orar a Dios y negociar con Él; ¿es esta una persona que persigue la verdad? Si tu enfermedad se curara, ¿podrías realmente cumplir bien con tu deber? No necesariamente. Lo cierto es que no importa si tu negociación está destinada a que tu enfermedad se cure y evitar que mueras, o si tienes alguna otra intención u objetivo con ella, desde el punto de vista de Dios, si puedes cumplir con tu deber y sigues siendo útil, si Dios ha decidido utilizarte, entonces no morirás. No podrás morir, aunque lo desees. Pero si causas problemas, y cometes toda clase de actos malvados y exasperas el carácter de Dios, morirás rápidamente; tu vida se verá truncada. El tiempo de vida de todas las personas lo determinó Dios antes de la creación del mundo. Si son capaces de obedecer las disposiciones e instrumentaciones de Dios, entonces, ya sea que sufran o no enfermedades, y ya sea que tengan buena o mala salud, vivirán la cantidad de años predeterminada por Dios. ¿Tienes esta fe? Si solo reconoces esto en términos de doctrina, entonces no tienes fe verdadera y es inútil decir palabras que suenen bien; si confirmas desde lo más profundo de tu corazón que Dios hará esto, tu enfoque y tu forma de conducirte cambiarán naturalmente” (La Palabra, Vol. III. Discursos de Cristo de los últimos días. Tercera parte). La lectura de las palabras de Dios me permitió entender que Él decreta la vida y la muerte de una persona, así como su esperanza de vida. Cuando la misión de una persona en la tierra ha concluido, su esperanza de vida se acaba y ese es el momento en que su vida llega a su fin. Si la misión de una persona aún no ha concluido, no importa lo grave que sea su enfermedad, su vida no terminará. Me di cuenta de que el momento de la muerte de una persona no tiene relación con la enfermedad que tenga, sino que lo determina la ordenación de Dios. Pensé en algunos hermanos y hermanas a los que les habían diagnosticado enfermedades muy graves y los médicos les habían dicho que no les quedaba mucho tiempo de vida, pero, al final, se curaron de milagro. También había oído el caso de un niño pequeño que había fallecido por un mero resfriado. Eso me demostró que la vida y la muerte de una persona no tienen relación con la gravedad de su enfermedad, sino que las determina la ordenación de Dios. Sin embargo, no había entendido ese asunto con claridad. Después de enterarme de que había tenido un infarto cerebral, vivía con miedo y preocupación, y temía que mi afección empeorara, que me desmayara de nuevo y que una caída grave pudiera poner en peligro mi vida, lo que me haría perder la oportunidad de alcanzar la salvación. Incluso me quejé de que Dios no me protegió y permitió que contrajera una afección así. Como consecuencia, el entusiasmo por cumplir mi deber disminuyó y me centré únicamente en cuidar mi salud, lo que reveló que no tenía una verdadera fe en Dios. Ahora entendí que lo que podía hacer era calmar mi corazón, cumplir mi deber bien y con diligencia, encomendar mi vida y mi muerte a Dios y permitir que Él lo orquestara todo. Cuando pensé de esa manera, ya no sentí la misma pena y preocupación que tenía antes y mi corazón pudo dedicarse a cumplir mi deber.
Más tarde, leí estas palabras de Dios: “Algunas personas consideran que creer en Dios debería traer paz y alegría, y que si enfrentan dificultades, solo necesitan orarle, y Él las escuchará, les otorgará gracia y bendiciones, y garantizará que todo transcurra de manera tranquila y sin contratiempos. Al creer en Dios, su propósito es buscar gracia, obtener bendiciones y disfrutar de la paz y la felicidad. Debido a estos puntos de vista, abandonan a sus familias o dejan sus trabajos para entregarse por Él y son capaces de soportar sufrimientos y de pagar un precio. Creen que, en tanto renuncien a algo, se esfuercen por Él, atraviesen penurias y trabajen arduamente a la vez que muestran un comportamiento excepcional, obtendrán las bendiciones y el favor de Dios, y que sin importar las dificultades que enfrenten, si oran, Él las resolverá y les abrirá una senda para todo. Esta es la opinión que sostiene la mayoría de los creyentes y la gente la considera legítima y correcta. La capacidad de muchas personas para mantener su fe en Dios durante años sin abandonar dicha fe está relacionada de manera directa con esta opinión. Piensan: ‘Me he esforzado mucho por Dios, me he comportado de manera muy satisfactoria, no he cometido ninguna acción malvada y, seguramente, Dios me bendecirá. Dado que he sufrido en gran medida y he pagado un precio muy alto por cada tarea, mis actos se correspondieron con las palabras y las exigencias de Dios y no he cometido ningún error, Dios debería bendecirme. Él debería procurar que nada me salga mal, que a menudo tenga paz y alegría en mi corazón y disfrute de Su presencia’. ¿No es esta una noción y una figuración humana? Desde una óptica humana, las personas disfrutan de la gracia de Dios y reciben beneficios y, de esta manera, tiene sentido que deban, hasta cierto punto, sufrir por ello, y vale la pena intercambiar tal dolor por las bendiciones de Dios. Esta mentalidad constituye hacer tratos con Dios. Sin embargo, desde la perspectiva de la verdad y el enfoque de Dios, esto no se ajusta en esencia a los principios de Su obra ni a los estándares que Él les exige a las personas. Es una manera de pensar completamente ilusoria, una noción y una figuración acerca de la fe en Dios puramente humanas. Ya sea que suponga hacer tratos o exigirle cosas a Dios o albergue nociones y figuraciones humanas, en cualquier caso nada de esto se ajusta a Sus exigencias ni cumple con Sus principios y criterios para bendecir a las personas. Esta forma de pensar y este enfoque transaccional en particular ofenden el carácter de Dios. Así y todo, la gente no se da cuenta. Cuando lo que Dios hace no se corresponde con las nociones de las personas, en sus corazones rápidamente surgen quejas y malentendidos sobre Él. Incluso se sienten agraviadas, quieren razonar con Dios y puede que hasta lo juzguen y lo condenen. Independientemente de las nociones y malentendidos que las personas desarrollen, desde Su enfoque, Él nunca actúa ni trata a nadie según las nociones o los deseos humanos. Dios siempre hace lo que desea, de acuerdo con Su propia manera y en función de Su propia esencia-carácter. Dios tiene principios para la manera en la que trata a cada persona; nada de lo que hace a cada individuo se basa en las nociones, las figuraciones ni en las preferencias del hombre, este es el aspecto de la obra de Dios que menos se corresponde con las nociones humanas. Cuando Dios dispone un entorno para las personas que contradice por completo sus nociones y figuraciones, las personas forman nociones, juicios y condenas contra Dios en sus corazones, e incluso pueden negarlo. ¿Puede Dios entonces satisfacer sus necesidades? En absoluto. Dios jamás cambiará Su manera de obrar ni Sus deseos para ajustarlos a las nociones humanas. ¿Quién necesita cambiar entonces? Las personas. En lugar de comparar lo que Dios hace con sus nociones a fin de determinar si es correcto, son ellas las que deben desprenderse de sus nociones, aceptar, someterse y experimentar los entornos que Él dispone, y buscar la verdad para resolver sus propias nociones. Cuando las personas insisten en aferrarse a sus nociones, naturalmente, desarrollan cierta resistencia hacia Dios. ¿En qué radica esa resistencia? En el hecho de que lo que la gente alberga frecuentemente en sus corazones son, sin duda, nociones y figuraciones y no la verdad. Por lo tanto, cuando se enfrentan a que la obra de Dios no se corresponde con las nociones humanas, son capaces de desafiar a Dios y hacer juicios en su contra. Esto demuestra que las personas básicamente carecen de un corazón sumiso a Dios, su carácter corrupto dista mucho de haber sido limpiado y, en esencia, viven de acuerdo con él. Aún están increíblemente lejos de alcanzar la salvación” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (16)). “Independientemente del entorno que enfrenten, algunas no buscan la verdad. En cambio, analizan todos los entornos que Dios orquesta en función de sus nociones, figuraciones y de si les son beneficiosos o no. Sus valoraciones siempre giran en torno a sus propios intereses; se preocupan constantemente por la magnitud del beneficio que pueden obtener, por la medida en que pueden satisfacer sus intereses en términos de bienes materiales, dinero y placer carnal; y siempre toman decisiones y abordan todo lo que Dios dispone con base en estos factores. Y, al final, después de devanarse los sesos, eligen no someterse al entorno que Él dispone, sino escaparse y evitarlo. Debido a que se resisten, lo rechazan y lo evitan, se alejan de las palabras de Dios, se pierden de experiencias de vida y sufren pérdidas, lo que les causa dolor y angustia en el corazón. Cuanto más se oponen a tales entornos, mayor es el sufrimiento que experimentan. Cuando se presenta esta situación, la poca fe que tienen en Dios, finalmente, se rompe a pedazos. En ese momento, las nociones que dominan su corazón surgen todas de golpe: ‘Me he esforzado tanto por dios durante mucho tiempo, pero no esperaba que él me tratara de esta manera. ¡Es injusto! ¡No ama a las personas! Dijo que aquellos que se entregan sinceramente para Él sin duda serán bendecidos en gran medida. Yo me he entregado sinceramente para él, he renunciado a mi familia y a mi carrera, he soportado dificultades y he trabajado arduamente. ¿Por qué dios no me ha bendecido enormemente? ¿Dónde están sus bendiciones? ¿Por qué no puedo sentirlas ni verlas? ¿Por qué dios trata a las personas de forma injusta? ¿Por qué no cumple su palabra? La gente dice que dios es fiel, pero ¿por qué no lo siento? Dejando de lado todo lo demás, solo en este entorno ¡no he sentido que él sea fiel en absoluto!’. Debido a que tienen nociones, estas las engañan y las desorientan con facilidad. Incluso cuando Dios dispone entornos para que las personas cambien su carácter y crezcan en su vida, les resulta difícil aceptarlos y malinterpretan a Dios. Piensan que eso no es una bendición de Dios y que no le caen bien. Consideran que se han entregado sinceramente para Dios, pero Él no ha cumplido Sus promesas. A través de la simple prueba de un entorno menor, estas personas, que no persiguen la verdad, quedan así fácilmente en evidencia” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (16)). Dios pone al descubierto que las personas tienen una cierta noción en su fe en Él: piensan que, mientras renuncien a cosas, se esfuercen por Dios, soporten sufrimientos y se sacrifiquen por Él, Dios debería bendecirlos, velar por ellos, protegerlos y concederles tranquilidad y alegría. Cuando Dios no los satisface según sus nociones, discuten con Él, lo malinterpretan y se quejan de Él. Eso es exactamente lo que yo había hecho. Cuando comencé a creer en Dios, pensé que, mientras creyera en Dios de todo corazón y estuviera dispuesto a sufrir y pagar un precio al cumplir mi deber, Dios me bendeciría y mejoraría mi salud. Impulsado por esa opinión, había renunciado a mi familia y mi carrera durante años para cumplir mi deber. Incluso cuando mi neuralgia del trigémino me causaba fuertes dolores de cabeza o cuando mi hipertensión me provocaba mareos, vómitos y malestar general, nunca había retrasado mi deber. A menudo me consolaba pensar que Dios tendría en consideración mi sufrimiento y esfuerzo, velaría por mí y me protegería, y que en el futuro me otorgaría grandes bendiciones. Sin embargo, cuando me enteré de que había tenido un infarto cerebral, me sentí agraviado. Pensé que Dios no me había bendecido con buena salud; al contrario, había permitido que contrajera esa afección y, en lugar de recibir bendiciones, había sufrido infortunios. Eso me llenó de malentendidos y quejas hacia Dios, e incluso discutí con Él: “Si tuviera buena salud, ¿no podría cumplir aún mejor con mi deber?”. Me di cuenta de que, en todos mis años como creyente, tan solo había intentado negociar con Dios y exigirle cosas. Cuando Dios me había curado de mi afección, yo había cumplido mi deber con entusiasmo y diligencia, pero, cuando Dios no me había satisfecho, mi motivación para cumplir mi deber y esforzarme por Él había disminuido. No había sido más que un don nadie despreciable, centrado únicamente en beneficiarse a sí mismo, deseoso de perseguir bendiciones y evitar el sufrimiento. ¡Había sido totalmente egoísta en verdad! Estaba claro que me había esforzado solo por mi propio bien y para obtener bendiciones, pero había afirmado con pomposidad que era para satisfacer a Dios y cumplir mi deber. ¡Un completo sinvergüenza! Más tarde,
leí un pasaje en el que Dios pone al descubierto y analiza el estado de las personas que creen en Él únicamente para obtener bendiciones. Dios dice: “¿Cuál es el mayor problema en su relación con Él? Que nunca se vieron a sí mismas como seres creados en absoluto, ni consideraron a Dios el Creador a quien se debe adorar en lo más mínimo. Desde que comenzaron a creer en Él, lo trataron como un árbol de dinero, como un tesoro; lo consideraron un Bodhisattva que los liberaría del sufrimiento y el desastre, y se vieron a sí mismas como seguidoras de este Bodhisattva, este ídolo. Pensaron que creer en Dios era como creer en Buda, donde solo con comer comida vegetariana, recitar escrituras, quemar incienso y postrarse con frecuencia podrían obtener lo que deseaban. Así, todas las experiencias que vivieron después de creer en Dios ocurrieron dentro del ámbito de sus nociones y figuraciones. No mostraron ninguna de las manifestaciones de un ser creado que acepta la verdad del Creador, ni la sumisión que un ser creado debe tener hacia Él; solo hubo exigencias continuas, cálculos constantes y peticiones incesantes. Todo esto, finalmente, llevó al quiebre de su relación con Dios. Este tipo de relación es transaccional y nunca puede mantenerse firme; es solo cuestión de tiempo antes de que tales personas queden en evidencia” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (16)). Después de leer las palabras de Dios, me sentí profundamente avergonzado. Lo que Dios describía era exactamente mi punto de vista y mi búsqueda. Quienes adoran a Buda o a Guanyin los tratan como fuentes de riqueza y protección. Para conseguir ascensos, enriquecerse y que su familia tenga buena salud, se postran, queman incienso, se vuelven vegetarianos y recitan escrituras budistas que intercambian por las cosas que desean. Su búsqueda es completamente por su propio beneficio. De manera similar, después de empezar a creer en Dios, había pensado erróneamente que, si las personas se esforzaban y hacían sacrificios para creer en Dios, recibirían recompensas, en el sentido de que Dios velaría por ellas, las protegería y les otorgaría gracia sin fin. Había tratado a Dios como un talismán, un proveedor de gracia y tranquilidad. Cuando me diagnosticaron con un infarto cerebral, me había quejado de que Dios no había velado por mí ni me había protegido. Había discutido con Él y le había hecho exigencias, no le había mostrado la más mínima sumisión y, por tanto, no lo había tratado como a Dios en absoluto. ¿Qué diferencia había entre mi punto de vista sobre la fe y la de quienes adoran a Buda o a Guanyin? En los últimos días, la obra principal de Dios implica expresar la verdad para juzgar y castigar a las personas con el fin de purificarlas y salvarlas. No había perseguido la verdad, sino que había tratado a Dios como a Buda o Guanyin, al creer que Él otorgaría beneficios a las personas basándose en sus contribuciones y esfuerzos superficiales. Eso reflejaba claramente el punto de vista de los incrédulos y, lo que es más, ¡era una forma de blasfemar contra Dios! También recordé el relato en la Biblia de las 5000 personas que siguieron al Señor Jesús hasta la montaña. No buscaban oír Sus enseñanzas, sino que iban tras bendiciones y gracia. Solo veían al Señor como un benefactor y eran personas que buscaban comer hasta la saciedad, por lo que el Señor Jesús no reconoció la fe de esas personas. Mi fe en Dios también había sido con el propósito de conseguir ganancias y beneficios de Él. Esto no era una fe verdadera, sino el punto de vista de un incrédulo que busca comer hasta la saciedad y, en última instancia, seguro que Dios me rechazaría y descartaría a mí también. Sentí miedo en el corazón y me presenté ante Dios para orar: “Dios mío, en los muchos años que he creído en Ti, te he tratado como a alguien a quien exigirle gracia y he creído en Ti como quienes adoran a Buda y a Guanyin y les exigen gracia y bendiciones, como yo lo he hecho contigo. Ese punto de vista es erróneo y estoy dispuesto a arrepentirme y cambiar de rumbo”.
Más tarde, leí un pasaje de las palabras de Dios: “Dios dice: ‘A aquellos que sinceramente se entregan por Mí, Yo te bendeciré con toda certeza en gran manera’, ¿acaso no son verdad estas palabras? Son verdad al cien por cien. No contienen ninguna impetuosidad ni engaños. No son mentiras ni ideas grandilocuentes, ni mucho menos son una especie de teoría espiritual, sino que son la verdad. ¿Cuál es la esencia de estas palabras de verdad? Es que has de ser sincero cuando te esfuerces por Dios. ¿Qué significa ser ‘sincero’? Estar dispuesto y no tener impurezas, no estar motivado por el dinero o la fama, y desde luego tampoco por tus propias intenciones, deseos y objetivos. Te esfuerzas no porque te obliguen a hacerlo, ni porque se te haya incitado, engatusado o arrastrado, sino que es algo que sale de ti, de buena gana; nace de la conciencia y la razón. Eso es lo que significa ser sincero. En cuanto a la voluntad de esforzarse por Dios, eso es lo que significa ser sincero. Entonces, ¿cómo se manifiesta esto en términos prácticos cuando te esfuerzas por Dios? No tienes conductas engañosas ni falsas, no recurres a artimañas para eludir el trabajo ni haces las cosas de forma superficial; dedicas todo tu corazón y toda tu mente, haces todo cuanto está a tu alcance, entre otras cosas, hay muchos detalles que se pueden mencionar en este aspecto. En resumen, ser sincero incluye los principios-verdad. Existe un estándar y un principio tras las exigencias de Dios al hombre” (La Palabra, Vol. V. Las responsabilidades de los líderes y obreros. Las responsabilidades de los líderes y obreros (16)). A partir de las palabras de Dios, entendí el verdadero significado de las palabras “A aquellos que sinceramente se entregan por Mí, Yo te bendeciré con toda certeza en gran manera”. Esta declaración se dirige a quienes se dedican a perseguir la verdad y cumplir bien sus deberes para satisfacer a Dios. No buscan beneficios personales ni malinterpretan a Dios o se quejan de Él cuando enfrentan calamidades. Pueden renunciar a cosas de buena voluntad y esforzarse por Dios. A Dios le agradan las personas así y ciertamente recibirán Sus bendiciones en el futuro. Tomemos como ejemplo a Job: siempre siguió el camino de Dios, le oraba con frecuencia y ofrecía sacrificios. Incluso cuando le quitaron su riqueza y a sus hijos, y padeció llagas dolorosas, Job no culpó a Dios. En su lugar, dijo: “Jehová dio y Jehová quitó; bendito sea el nombre de Jehová” (Job 1:21). Job adoraba a Dios de verdad. No trataba a Dios como un objeto al que hacerle exigencias y mucho menos veía sus actos habituales de adorarlo y hacer sacrificios como un capital para obtener gracia y bendiciones. Cuando lo perdió todo, aun así, no se quejó de Dios. En última instancia, su fe y sumisión genuinas lo llevaron a recibir las bendiciones de Dios. Cuando reflexioné sobre mí mismo, me di cuenta de que no comprendía correctamente las palabras de Dios. Creía de manera errónea que, mientras pudiera renunciar a cosas, esforzarme por Dios, soportar sufrimientos y pagar el precio por mi fe, en algún momento recibiría bendiciones, paz y salud. Mi forma de búsqueda es completamente opuesta a la de Job. Usé mis sacrificios y esfuerzos como medios para exigir a Dios Su gracia y bendiciones y creía en Él únicamente por mis deseos egoístas y beneficios personales. Cuando estuve enfermo, incluso me quejé de Dios. Me sentí verdaderamente avergonzado, ya que no me podía comparar con Job en absoluto. Ahora entendí que, como un ser creado, debo creer en Dios y adorarlo. Cumplir mi deber es mi responsabilidad, es perfectamente natural y justificado, y no tiene nada que ver con recibir bendiciones o sufrir infortunios. Incluso al enfrentar adversidades y enfermedades, debo someterme a Dios y mantenerme firme en mi testimonio.
En marzo de 2024, experimenté otra recaída de mi infarto cerebral. Tenía la mano izquierda entumecida y estaba siempre mareado. Me preocupaba que, si volvía a tener una caída grave, no podría cumplir mi deber. ¿Cómo podría entonces perseguir la salvación? Al mirar a los hermanos a mi alrededor, quienes tenían todos mejor salud que yo, sentí envidia y pensé: “¿Por qué no puedo tener un cuerpo sano como todos los demás?”. Cuando tuve esos pensamientos, me di cuenta de que estaba quejándome de nuevo y leí estas palabras de Dios: “Bendiciones, gracia, recompensas, coronas… de Dios depende cómo y a quién se conceden todas estas cosas. ¿Por qué depende de Él? Estas cosas pertenecen a Dios; no son activos de propiedad conjunta entre el hombre y Él que se puedan distribuir por igual entre ellos. Pertenecen a Dios y Él las otorga a quien ha prometido otorgárselas. Si Dios no promete otorgártelas, deberías someterte a Él de todas formas. Si dejas de creer en Dios por este motivo, ¿qué problemas resolverá eso? ¿Ya no serás un ser creado? ¿Podrás escapar a la soberanía de Dios? Él sigue teniendo soberanía sobre todas las cosas, y esta es una realidad inmutable. La identidad, el estatus y la esencia de Dios nunca se pueden equiparar con la identidad, el estatus y la esencia del ser humano ni jamás cambiará nada de esto; Dios será Dios por siempre y el ser humano será ser humano por siempre. Si una persona es capaz de entender esto, ¿qué debería hacer entonces? Debería someterse a la soberanía y los arreglos de Dios; esta es la manera más racional de hacer las cosas y, además, no se puede elegir ninguna otra senda” (La Palabra, Vol. IV. Desenmascarar a los anticristos. Punto 12: Quieren retirarse cuando no tienen estatus ni esperanza de recibir bendiciones). Las palabras de Dios me despertaron a tiempo. Debo ver mi propia identidad y estatus con claridad. No soy más que un ser creado, mientras que Dios es el Creador. Sin embargo, había querido imponerle a Dios cómo debía actuar y tratarme. Eso no tenía ninguna razón. Había temido que, si volvía a tener una recaída de mi infarto cerebral y no podía cumplir mi deber, perdería mi oportunidad de obtener la salvación, así que había exigido a Dios que me concediera la misma buena salud que al resto de los hermanos. ¡Eso también era carecer de sumisión! Debo someterme a la soberanía y arreglos de Dios y esforzarme al máximo para cumplir mi deber. Esa era la razón que debía tener. Así que fui ante Dios para orar: “Dios mío, no importa lo graves que sean las recaídas de mi infarto cerebral, te ruego que me ayudes para no quejarme y poder mantenerme firme en mi deber”. Unos días después, fui al hospital para una revisión médica. El médico dijo que mi afección estaba bastante bien controlada y que solo tenía que tomar mi medicación con normalidad. Al oír la noticia, me sentí muy feliz. Habían pasado más de siete meses desde mi último tratamiento y todavía podía cumplir mis deberes con normalidad. Todo eso se debía a la gracia de Dios y estaba verdaderamente agradecido por Su misericordia.
Dios Todopoderoso dice: “Cuando Dios dispone que alguien contraiga una enfermedad, ya sea grave o leve, Su propósito al hacerlo no es que aprecies los pormenores de estar enfermo, el daño que la enfermedad te hace, las molestias y dificultades que la enfermedad te causa, y todo el catálogo de sentimientos que te hace sentir; Su propósito no es que aprecies la enfermedad por el hecho de estar enfermo. Más bien, Su propósito es que adquieras lecciones a partir de la enfermedad, que aprendas a captar las intenciones de Dios, que conozcas las actitudes corruptas que revelas y las posturas erróneas que adoptas hacia Él cuando estás enfermo, y que aprendas a someterte a la soberanía y a los arreglos de Dios, para que puedas lograr la verdadera sumisión a Él y seas capaz de mantenerte firme en tu testimonio; esto es absolutamente clave. Dios desea salvarte y purificarte mediante la enfermedad. ¿Qué desea purificar en ti? Desea purificar todos tus deseos y exigencias extravagantes hacia Dios, e incluso las diversas calculaciones, juicios y planes que elaboras para sobrevivir y vivir a cualquier precio. Dios no te pide que hagas planes, no te pide que juzgues, y no te permite que tengas deseos extravagantes hacia Él; solo te pide que te sometas a Él y que, en tu práctica y experiencia de someterte, conozcas tu propia actitud hacia la enfermedad, y hacia estas condiciones corporales que Él te da, así como tus propios deseos personales. Cuando llegas a conocer estas cosas, puedes apreciar lo beneficioso que te resulta que Dios haya dispuesto las circunstancias de la enfermedad para ti o que te haya dado estas condiciones corporales; y puedes apreciar lo útiles que son para cambiar tu carácter, para que alcances la salvación y para tu entrada en la vida” (La Palabra, Vol. VI. Sobre la búsqueda de la verdad. Cómo perseguir la verdad (3)). Leí este pasaje de las palabras de Dios una y otra vez y sentí que mi afección contenía la intención sincera de Dios. Dios quería salvarme y ayudarme a entenderme a mí mismo, lo que había llevado a que cambiara mi carácter. Cuando comencé a creer en Dios, tenía la intención de obtener bendiciones. A lo largo de los años, no había entendido de verdad mi intención de ganar bendiciones. Dado que Dios es santo, mi carácter corrupto me habría impedido ser salvo si no lo resolvía antes del final de la obra de Dios. Esa afección reveló mi deseo de obtener bendiciones, las exigencias que le hacía Dios y las nociones que tenía de Él, lo que me impulsó a buscar la verdad, arrepentirme y cambiar. Esa era la salvación que Dios tenía para mí. Sin embargo, no entendí Su intención, y albergué malentendidos y quejas hacia Él. Es como un niño que va por la senda de la criminalidad. Cuando los padres usan medidas severas para ayudarlo a enmendarse, sus intenciones son por el bien del niño. Pero si el niño no entiende el corazón de los padres y siente que no se preocupan por él, el niño es irracional, lo que es descorazonador para los padres. ¿No soy yo ese niño ignorante e incapaz de discernir lo correcto de lo incorrecto? A pesar de mis malentendidos y quejas, Dios me siguió guiando en silencio con Sus palabras y me ayudó a despertar de mi estado negativo y rebelde. Cuanto más lo pensaba, más avergonzado y culpable me sentía. De ahora en adelante, independientemente de que mejore o no de mi afección e incluso si pone en peligro mi vida, no deseo malinterpretar a Dios ni quejarme de Él nunca más. Estoy dispuesto a someterme a los arreglos y orquestaciones de Dios.
Después de experimentar esta afección, he obtenido cierta comprensión sobre mi intención de buscar bendiciones y he llegado a apreciar de verdad los esfuerzos sinceros de Dios para salvar a las personas. ¡Estoy agradecido a Dios por haberme guiado para conseguirlo!
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